(Nota: no se aceptan reclamaciones si 'algo' ocurre mañana. No habrá teléfono de emergencias. No habrá teléfono).
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31.8.08
Máscaras antigás de diseño: por un Juicio Final con estilo
El fin del mundo se acerca. Antes o después; dentro de cinco minutos o de cinco millones de años, quién sabe, pero todo lo que empieza tiene un final y algún día la Tierra quedará sin rastro de la vida humana, al menos en su superficie. Si llega el día hay que estar preparados, y aunque el post-apocalipsis se convierta en un remedo de Mad Max, el estilo ha de mantenerse hasta el final. ¿Qué mejor que con unas máscaras antigás que combinen a la perfección con el resto de nuestros complementos? ¿Hemos llegado a tal punto de desquiciamiento?
Las máscaras presentadas por el diseñador Diddo Velema siguiendo las pautas creativas de algunas de las principales marcas dedicadas al negocio del lujo no son en realidad la última extravagancia destinada a los aprendices de Donald Trump más obsesionados con la guerra nuclear sino un proyecto de arte conceptual. “Las máscaras no son productos comerciales reales”, asegura Velema en su página web, a la vez que especifica que “fueron creadas para ser mostradas en revistas y exhibidas en galerías”.
El trabajo de este autor (que ha desempeñado su oficio como director de arte en empresas como Burger King, Orange o Cadbury y también ha sido profesor de la Escuela de Artes de Utrecht) pretende denunciar las paradojas del mundo actual: “Estamos en un estado de guerra permanente, con nosotros y con el ecosistema”, afirma. Esa continua tensión acaba provocando “miedo perpetuo”, un temor que sabe camuflarse y se traduce, en realidad, “en nuestra insaciable cultura del consumo”, la que nos lleva a querer adquirir, poseer y mostrar los signos del derroche ostensible incluso en las situaciones más absurdas. Si las mascarillas antigás son mentira, las mascarillas de tela de Louis Vuitton que llevaron varios invitados a una fiesta en Nueva York hace dos semanas eran auténticas, y es que la realidad supera asombrosamente a la ficción.
No estamos tan lejos de situaciones como las que planteaba Stanley Kubrick en Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú. Si finalmente los hombres ponen en marcha la Doomsday Machine de la que hablaba la película, un grupo de elegidos podría sobrevivir en las profundidades de las minas subterráneas durante cien años, como explicaba el filonazi Dr. Strangelove del filme. Allí, con una hilarante proporción de un hombre por cada diez mujeres, los seres humanos reproducirían a escala una sociedad con individuos escogidos por motivos eugenésicos. Las máscaras de Velema podrían ser útiles en esta situación: ¡la guerra nuclear no tiene por qué ser un aburrimiento!
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11.7.08
El mundo no se acaba hasta octubre... por lo menos

Hay cierto glamour (en el sentido gramatical medieval, no en el actual) en su propio nombre, un aire de ciencia ficción, pero lo que se quiere poner en marcha con él parece precisamente eso, un relato al más puro estilo Asimov. El Gran Colisionador de Hadrones (LHC, son sus siglas en ingés), la gran esperanza de la ciencia para comprender de un vistazo el funcionamiento del universo -toma ya-, vuelve a retrasar su puesta en marcha. Detengan las fanfarrias: el mundo no se acabará al menos hasta octubre.
¿Otro día del juicio final? Eso creen Walter Wagner, un experto en seguridad radiactiva, y Luis Sancho, un escritor científico, que estos días andan seguramente más tranquilos pero aún tirándose de los pelos -o despidiéndose de sus familias- al ver que los abogados del gobierno federal de EE.UU. quieren rechazar el doomsday suit con el que los dos pretendían paralizar en los tribunales la puesta en marcha del LHC.
Su temor deriva de la posibilidad de que la recreación en el subsuelo de la frontera franco-suiza (donde se encuentra el LHC) de grandes energías pudiera hacer que alguno de los agujeros negros cuya creación está prevista creciera como para devorar al mundo. Esto no sería un apocalipsis nuclear: no quedaría una tierra yerma y radiactiva... ¡no quedaría nada! Con la colisión de protones al 99,99999% de la velocidad de la luz se espera hallar el bosón de Higgs, cuya existencia predice el modelo estándar y es necesaria para avanzar en la Gran Teoría Unificada. Todo esto suena divino, y de ese mismo modo se ha llamado al bosón de Higgs, la 'partícula divina', cuya observación serviría para comprender cómo ganan masa el resto de partículas.
Los científicos del CERN tuvieron que publicar hace unas semanas un documento sobre seguridad de tres folios que no tiene desperdicio, en el que niegan punto por punto la posibilidad de que una catástrofe ocurra y, aunque sin relación con esta nota, ha confirmado esta misma semana que no será hasta octubre cuando se dé su puesta en marcha definitiva. Habrá que esperar para el fin del mundo... un poco más.
